|
A partir de un epígrafe de Meretta
“Me esfumo atrás de un lápiz de ceniza con el que escribo al aire naderías”. Jorge Meretta
Blues
Clara estaba ilusionada con el viaje a Nueva York. Enrique por fin le dedicaría a ella lo que tantas veces le había prometido: un tiempo juntos… En esos “locos años veinte”, el automóvil ganaba terreno con sus claxons en la ciudad de Nueva York y ese fue el medio de transporte utilizado por la pareja para trasladarse al hotel cálido e intimista, ubicado a pocos metros del destino deseado. Los amantes pasearon por los alrededores del hotel, se sentaron en un pequeño Café y hablaron largas horas del motivo que los llevó allí. Esa noche, se prepararon para la grandiosa experiencia. Él se vistió con un traje negro, apenas matizado por rayas blancas verticales, que le sentaba muy bien. Llevaba un moño casi perfecto armado cuidadosamente por sus manos, los zapatos combinados en los mismos dos tonos, poniendo fin al atuendo con un sombrero negro de ala no muy ancha. Ella buscó y rebuscó antes de decidirse por el vestido color verde jade, que dejaba uno de sus hombros al descubierto, con un escote que se profundizaba en su espalda, el ruedo culminaba, en un volado de fina gasa de color negro, al igual que la rosa que lucía en el bretel que apenas cubría su hombro izquierdo. El vestido se unía armónicamente a las curvas de su cuerpo. Ella se miraba de reojo en el espejo. Enrique la miraba a ella. Los zapatos pequeños, como sus pies, tenían una pulsera que rodeaba sus tobillos. Completaba el arreglo, un sombrero del mismo tono del vestido, rodeado por una cinta de raso negro y en su cuello, el infaltable largo collar de perlas blancas. Ya estaban prontos para la gran ocasión: Louis Armstrong con su trompeta encabezaba las marquesinas de ese subterráneo que por fin iban a conocer... Salieron del hotel hacia el establecimiento, que visto de día no pasaba de ser un lugar de piedra arenisca, un tanto lóbrego y húmedo, pero que en la noche se transformaba totalmente. Se desataron sus emociones, al entrar y sentir que eran literalmente tomados por las tenues luces. El humo del tabaco, desdibujaba figuras y dibujaba geometrías en el aire. Fueron invadidos por ese ritmo sincopado, que venía de Nueva Orleans, para hacer vibrar a Nueva York, con un aire nostálgico y exótico. Se miraron profundamente y se entregaron en cuerpo y alma a ese blues, que la orquesta parecía tocar exclusivamente para ellos, olvidándose del público que los rodeaba. Bailaban en una armonía perfecta; sus cuerpos formaban una figura única, acompasada, sensual, que parecía tener una comprensión, heredada de otras vidas, quizá, en las que ella y él habían transitado ya, los mismos lugares del amor. Al volver al hotel - Clara preguntó: ¿qué pasará ahora? - Enrique no supo que contestar y apoyo su dedo índice sobre los labios de ella. Un tiempo después, se despedían definitivamente al llegar a Montevideo… La mujer terminó el relato y unas lágrimas rodaron por sus mejillas. La niña preguntó - ¿por qué lloras abuela? Ella no contestó. La rodeó con sus brazos y la apretó contra su pecho.-
|